29 octubre, 2008

La ciudad llamada Jorge Luis Borges


Conmemorándose su quinto aniversario, la revista Ñ de Clarín ha hecho un recopilatorio de 80 firmas y 80 maneras de ver el mundo (Solo algunas de ellas aparecen en la red). Una de ellas es la del periodista y escritor Juan Cruz y la tituló Fervor de una ciudad llamada Jorge Luis Borges, una excelente semblanza de un hombre que le dio nombre a su ciudad. Disfruten aquí un extracto:

La primera vez que fui a Buenos Aires iba leyendo sobre la vida de Borges, y terminé el libro al tiempo que se acababa el viaje. El aliento majestuoso del aire me llevaba a la ciudad que él amó tanto, y la lectura me llevaba a Jorge Luis Borges como si él mismo fuera un mapa de Buenos Aires. Si lees a Borges, si sabes de él, Buenos Aires ya es otra historia.Borges es una ciudad, y se llama también Buenos Aires. No es cualquier ciudad, es una música antigua que va volviendo a tus oídos como si la hubieras escuchado alguna vez en tu infancia. La lectura de Borges, que al tacto parece tan díficil, o tan honda, de pronto se muestra como la lectura de la que ya sabe tu recuerdo. Hay una luminosidad aérea, perfecta, como si antes de escribir él hubiera tenido una revelación, un júbilo. Y eso se traslada a tu percepción y a tu mente, y a tu mirada, y veas o no, esa luz ya es de tus ojos. Y Buenos Aires se le parece, como una madre o como una hermana, es una luz, y es sobre todo su luz, la luz de Borges. Caminas por la ciudad, vas a los barrios o a los boliches ruidosos, y vas a las grandes urbanizaciones, o a los lugares recónditos, y ahí está esperándote, misteriosa, la sintaxis de Borges, como una mano que deletrea la música de Buenos Aires. (...) El soñó la ciudad de su fervor, y a medida que la vio menos fue para él más luminosa, y la contó así, como si ya no fuera preciso verla. Ese es el efecto propio del tacto que produce la memoria: no hace falta ver, recordar es más grande. Ciego ya lo conocí en Madrid, en un hotel donde siempre se alojaba, y me pidió con mucha urgencia que le hiciera un favor preciso: que le acercara a un lugar específico del enorme hall del Palace. Allí, me dijo Borges, veía una luz que a veces se le parecía a la luz de Buenos Aires. (...) Y en ese desdén por la fama propia, Borges también se parece a su ciudad; grande, y engrandecida en la memoria de los que la hemos visto y no vivimos en ella, Buenos Aires vive en su propio universo, olvidándose de sí misma para ser más ella; por eso acaso conserva los lugares, los teatros, las librerías, los cafés y las bibliotecas, y no se ha dejado atrapar, como Madrid, en la maraña de una modernidad que no es más que su suicidio como pueblo y como ensoñación urbana.Cuando uno se va de Buenos Aires es como si cerrara un libro; luego lo vuelve a leer, desde el principio, y siempre ese libro tiene, en alguna esquina, anotaciones de un mapa descrito por Borges.

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