
30 septiembre, 2008
Benedetti anuncia Biografía para encontrarme

Conversando con Bryce

El reconocido escritor peruano Bryce Echenique aceptó la invitación que le hizo el portal web de la BBC en español para participar en su sección Estudio abierto. En dicho espacio, los lectores de novelas como El huerto de mi amada o La amigdalitis de Tarzán podrán formular sus preguntas, que pueden ser –según la BBC– sobre aspectos humanos o literarios. La invitación fue por cumplirse 40 años de la publicación de su primera obra, el libro de cuentos Huerto Cerrado, en 1968. Bryce Echenique, quien pertenece a la generación de escritores que seguirá al llamado boom latinoamericano, ha obtenido varias distinciones por su trabajo narrativo, entre ellos destacan el Premio Nacional de Novela en 1972 por Un mundo para Julius y el título de Caballero de la Orden de las Artes y Letras de Francia.
Aunque la convocatoria para enviar las preguntas ha cerrado, esperaremos las respuesta de Bryce. Para el enlace: Aquí
Celebrando a Fuentes

¿Qué cómo la vivo? Pues mire, estoy muy tranquilo escribiendo aquí, en un cuarto piso, en la ciudad de Londres. (…) Sí, es cierto. Mi cumpleaños será un día de celebración y todo lo demás son mesas a las que asistirán escritores de todo el mundo que tratarán distintos temas. Se ocuparán de la novela, del cine, el arte, la política y muchos otros temas. No se ocuparán de mí. Sólo soy un pretexto. Las mesas redondas tratan temas importantes y objetivos.
Del esfuerzo de haber escrito su reciente novela, considerada como una obra ciclópea, un enorme mural literario, dice:
Sí, haga de cuenta que he escrito mi primera novela. Porque para escribir hay que sentirse así, con fuerza. No hay que decir "ya escribí tal cosa" o "ya tengo tal edad". Cada novela hay que escribirla como si fuera la primera. En síntesis, hay que asumir riesgos. Asumí muchos riesgos con La región más transparente. (¿Cuáles?) Fue una novela muy criticada, muy vapuleada, muy maltratada. Luego, se convirtió en un clásico, pero al principio no fue así. Creo que hay que escribir a contrapelo, no hay que seguir las reglas, sino violarlas. Por ejemplo, escribir sobre la ciudad de México, que nunca había sido el personaje real de una novela. Había habido sí, menciones, escenas en la ciudad, pero básicamente la novelística mexicana era una novelística del campo, de la revolución. Me di cuenta de que esta novelística había llegado a su cima con el insuperable Pedro Páramo de Juan Rulfo, que es la mejor novela mexicana de todos los tiempos. No era posible ir más allá en la temática que había empleado Rulfo. "Caramba, me dije, estoy viviendo en una ciudad –en ese momento tenía cinco millones de habitantes– y no hay una novela que sea comparable a Manhattan Transfer de John Dos Passos o a Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin, es decir, a novelas que tratan a la ciudad como personaje. Este era un desafío que sentí que debía asumir. Me embarqué en eso a los 25 años, la terminé a los 28. Y ahí ve usted cómo comencé a escribir novelas a partir de una necesidad que para mí era muy importante y que consistía en darle cuerpo literario a mi ciudad. (El título de la novela fue) un homenaje a Maquiavelo, quien radica su filosofía en la voluntad del príncipe, la necesidad del príncipe y la fortuna, la buena suerte, en la cual no confía mucho porque dice que es como las mujeres. Era un tanto misógino. Titulé la novela La voluntad y la fortuna porque por ella corre mucho la vena maquiavélica. Los personajes leen a Maquiavelo, lo estudian, hablan de él en un momento dado. Su filosofía política ilumina con una luz oscura esta novela.
De los escritores y los personajes dice:
Lo que sucede es que los escritores somos los malos bichos de la sociedad. No estamos para decir "¡Ay, qué bien van las cosas. Aplauso, aplauso. Qué maravilla todo!", sino para decir "Cuidado, las cosas andan mal y se pueden hacer mejor". Desconfíe usted del escritor que aplaude y dice "qué maravilla mi sociedad, mi gobierno." No, estamos en el mundo para ejercer una función crítica en el sentido más noble de la palabra, no sólo como crítica adversa, sino también como crítica constructiva o crítica que señale una realidad paralela a la realidad que vivimos todos los días. Don Quijote de la Mancha nunca existió, Hamlet no existió, pero hoy quién puede entender el mundo sin Don Quijote y sin Hamlet. Antes de ellos el mundo era otro, de modo que la creación de esta realidad paralela es el mayor ejercicio crítico e imaginativo que nos da la literatura.
De la novela y del deber escritor refiere:
Convivo con la teoría de la muerte de la novela desde hace medio siglo y la desmiento totalmente. Primero la mató la radio, después el cine, luego la televisión. Nada de esto es cierto. Aunque sea leída por una minoría y haya pocos novelistas en el mundo, no importa. Esos islotes son como la isla de Elba para Napoleón. Más que ser reductos inviolables son reductos donde se crean, lo repito, realidades paralelas, realidades incómodas, realidades que no tienen que ver con el confort porque somos seres trágicos. La novela también tiene valor de advertencia para que no nos conformemos con lo que tenemos. (…) Creo que el principal deber del escritor tiene que ver con la imaginación y con el lenguaje y no le recrimino a nadie que no vaya más allá del ejercicio de ambas cosas. Pero algunos de nosotros tenemos tentaciones políticas y sociales y también está bien que así sea. Lo que quiero decir es que la función social y política de la novela se cumple en la novela misma a través de la fuerza de la imaginación y del lenguaje. Se piensa que las novelas pueden ser banales en relación con lo social, pero no es así. ¿Qué es lo primero que hace un dictador, como Hitler, al llegar al poder? Quemar libros. Pues entonces los libros no son tan poco importantes como se pensaba antes de la llegada del dictador.
Volvamos a la literatura. En la novela cita la conocida frase de Wilde de que el arte es 10 por ciento de inspiración y 90 por ciento de transpiración. ¿Es cierto que tiene una disciplina espartana para escribir?
MVLL: "Cuando un escritor no nace genial, puede llenar los vacíos a base de disciplina y terquedad.

29 septiembre, 2008
Manuscritos de Kafka pueden perderse en Israel
Las confesiones de Tolstói

"No piense que no fui sincero cuando le dije que en este momento Guerra y paz me resulta repugnante. Hace unos días tuve que echarle una mirada para decidir si debo hacer o no correcciones para la nueva edición, y soy incapaz de transmitirle el arrepentimiento y la vergüenza que sentí al revisar muchos de los pasajes. Era un sentimiento semejante al que experimenta una persona cuando ve las huellas de una orgía en la que participó. Lo único que me consuela es que me entregué a esa orgía con toda el alma y en ese momento pensaba que era lo único que existía".
"Mi partida te afligirá. Lo lamento, pero entiéndeme y créeme que no podía hacer otra cosa. Mi situación en casa se vuelve, se ha vuelto insoportable. Además de todo lo demás, no puedo seguir viviendo en estas condiciones de lujo en las que he vivido hasta ahora, y hago lo que suelen hacer los ancianos de mi edad: se retiran de la vida mundana para vivir en paz y en soledad los últimos días de su vida. Por favor, entiéndelo y no vayas a buscarme si te enteras de dónde estoy. Eso no haría sino empeorar tu situación y la mía, pero de ninguna manera modificaría mi decisión. Te agradezco esos honestos cuarenta y ocho años de tu vida conmigo y te pido que me perdones por todo aquello de lo que sea yo culpable frente a ti, como yo te perdono de todo corazón por todo aquello de lo que puedas ser culpable frente a mí".
25 septiembre, 2008
Tres miedosos a volar

24 septiembre, 2008
Augusto Roa Bastos: Cuentos completos

La presente edición reúne casi íntegros sus dos primeras colecciones de cuentos (El trueno entre las hojas, de 1953, y El baldío, 1967). Esta edición también picotea con variada abundancia en Los pies sobre el agua (1967), Moriencia (1969) y Lucha hasta el alba (1979), para terminar a modo de coda con un surtido de seis cuentos sin especificar su procedencia. Ya que sale, y puesto que en la selección del material a editar ha intervenido la Fundación Augusto Roa Bastos, y puesto que dicha fundación "persigue el objetivo de preservar la memoria de Augusto Roa Bastos, recopilar, proteger y difundir su obra..." cualquier lector mínimamente interesado hubiera agradecido un poco de información adicional, por ejemplo en lo relativo a fechas de redacción y lugar de publicación de cada cuento o recolección. Tampoco pido una edición tipo Cátedra, con todo el aparato de prólogos, presentaciones, estudios, notas y cronologías que suelen ofrecer sus libros. Sólo un poco más de atención.
Las precisiones que echo en falta son fundamentales porque, empezando en 1953, el lector tiene ocasión de asistir a la evolución experimentada por la escritura del autor a lo largo de su vida. El arranque, El trueno entre las hojas al completo, permite recuperar al Roa Bastos primero, al que maravilló con su prosa ubérrima, imaginativa y llena de magia y, no se olvide, muy anterior al boom. La temática es rural, con un fuerte contenido de crítica social y un claro protagonismo de los temas y personajes que más le permitían acercarse a la narración oral y a esa reserva de imágenes y fantasmas que se atesoran durante la infancia. Aquí es donde más voz se concede a los guaraníes, hasta el extremo de ser necesario un glosario final para que el lector no quede reducido a la adivinación por medio del sentido o el contexto general. Otra constatación: después de estos primeros cuentos ya no vuelve a salir ni un solo guaraní más.
Pasado el tramo inicial, la evolución de la escritura es notabilísima. La narración se hace más compleja, con cambios continuos de la primera a la tercera persona, saltos temporales y espaciales, elipsis, etc. De pronto abandonamos el campo y aparecen los aviones, teléfonos, psiquiatras, periódicos y demás parafernalias ciudadanas. El narrador tiende a encargarse de la descripción de los paisajes y las situaciones, pero también de lo que dicen o piensan los personajes: desaparece el diálogo. Y lo más sorprendente, irrumpe la experimentación, y como prueba ahí está el cuento titulado "Él y el otro", que en la práctica resulta ser un monólogo interior de al menos doce páginas sin un sólo signo de puntuación.
Según va pasando el tiempo, las narraciones muestran con creciente claridad una cualidad que, en mi opinión, es una de las pocas ventajas que conlleva el cumplir años: la pérdida de los respetos humanos y la apuesta total por la única y auténtica preocupación que compete a un escritor, o sea, el compromiso con lo narrado. Conste que Roa Bastos fue un hombre de izquierdas hasta el final (durante gran parte de su vida todavía fue posible ser de izquierdas) y que en ningún momento dejó de defender la justicia y denostar la opresión. Pero no es ése el compromiso del que hablo y que está muy visible en sus últimos cuentos. Los cuales tal vez adolecen de la frescura y el descaro de los escritos juveniles, pero que en cambio se benefician del atractivo que desprende toda obra bien hecha. A partir de un momento determinado ya no importa lo bien que escribes, ni el lugar que ocupas en el ranking de celebridades que optan a ascender al Olimpo. Lo único que pretendes es contar tu historia lo mejor posible. Y lo demás que se vaya al diablo.
23 septiembre, 2008
35 años sin Neruda
Taller de narrativa con Oswaldo Reynoso

21 septiembre, 2008
Borges, fanático de Pink Floyd
¿Le gustaba viajar a Borges?
Sí. Disfrutaba muchísimo los viajes, porque era una forma de sentirse "ciudadano del mundo", como él decía.
Islandia (risas). Y le gustaba mucho Venecia, París por supuesto, Londres...
Una pregunta que surge al ver la exposición es si Borges tenía una rutina...
No, creo que si Borges hubiera tenido buena vista quizás lo hubiéramos perdido como escritor. Hubiera sido un aventurero. Era una persona que no tenía rutinas, ni siquiera para escribir. Escribía, como decía, cuando la Musa le dictaba o cuando el espíritu lo habitaba. Si no tenía ninguna idea en la cabeza, seguía de largo y no pasaba nada.
Se levantaba más o menos a las ocho o nueve de la mañana, desayunaba, después recibía a los periodistas, a los estudiantes, estudiábamos el anglosajón o el islandés, según fuera el turno, y después a veces escribía y a veces no. Leíamos o le leían siempre. Íbamos bastante al cine; le gustaba mucho.
¿Qué música escuchaba?
Porque lo había hecho "sentimental y llorón". En cambio, me decía que los "tangos de la guardia vieja" eran como las milongas: tenían letras divertidas, en doble sentido. Le gustaba eso y después cosas divertidas como los Beatles, los Rolling Stones, Pink Floyd.
Sí, le encantaba. Tal es así que el himno para su cumpleaños no era el Happy birthday sino The Wall.
No, pero se había dado cuenta que escuchando música sin ponerla él y sin darse cuenta que estaba, le transmitía como una energía para escribir.
Borges era una persona de muy buen humor. Nunca lo vi enojado. (Pero) le irritaba la estupidez, las personas soberbias, la falta de ética en una persona y la falta de respeto por el otro, sobre todo.
Grass continuará su biografía
18 septiembre, 2008
Vía libre para exhumación de García Lorca
La voluntad y la fortuna

Saramago ya es blogger

La migraña que los separó

Los 88 años de Benedetti

07 septiembre, 2008
El presidente contra el poeta

Meditaciones sobre el alma

De modo que el alma era algo que, si bien uno tenía, no era una posesión segura y uno podía perderla en cualquier momento. Y no solo a punta de reglazos del finado Cárcamo, o de puñetes con los compañeros; también estaba el demonio tratando de negociar algo a cambio de nuestra alma. O esperando simplemente nuestra muerte tras una vida pecadora para llevarse al horno esta materia extraña que llevábamos dentro. La noción de pecado del alma tenía un oscuro sentido sexual. Mi madre, en esos inicios de los años 60 en que las mujeres no usaban pantalones, corregía a mi hermana sobre el modo correcto de cruzar las piernas porque cuando lo hacía, como a Sharon Stone, se le veía el alma. Era por supuesto un símbolo que representaba ese algo profundamente íntimo y oculto que nos habitaba.
El alma no era el yo. Era uno posesión del yo. Uno decía mi alma, alma mía, y le pedía al ángel de la guarda que la cuidase porque si bien estaba allí dentro, no era muy claro en qué lugar se hallaba.
Es curioso que esta misma distancia entre el yo y el alma se mantenga en ciertos modos de referirse a ella en segunda persona. Por ejemplo en Las Confesiones de San Agustín el alma es algo distinto al yo del que escribe. De hecho parece ser otra persona, un interlocutor. Así, por ejemplo escribe: "prosigue, alma mía, y presta mucha atención". Y también: "¡En ti, alma mía, mido yo el tiempo!". Y pregunta con perplejidad: "¿Pero cuál es la parte de sí que no contiene a sí misma?" Lo mismo ocurre en San Juan de la Cruz o en Edith Stein. Y también en ese bolero que por aquellos años escuchaba por la radio cantar a Libertad Lamarque y que se titulaba precisamente "Alma mía" y que decía así:
Alma mía Sola, siempre sola, Sin que nadie comprenda Tu sufrimiento. Tu horrible padecer.
En la hermosa novela de Paul Auster La invención de la Soledad el personaje, que es él mismo, no logra entrar en una sincera investigación de sí mismo y de las relaciones con su padre. Y el propio escritor cuenta que solo pudo escribirla cuando encontró la expresión de Rimbaud: Yo es otro. Está en una carta de Arthur Rimbaud a Georges Izambard, fechada el 13 mayo 1871 y dice textualmente: "Nos equivocamos al decir: yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro".
Esta misma expresión la ha tomado hace poco Bob Dylan en su libro titulado Crónicas, allí dice: "Por si esto no bastara, Suze me introdujo en la obra del poeta simbolista francés Arthur Rimbaud. Aquello fue muy importante para mí. Me crucé con una de sus cartas llamada Yo es otro. Al leerla sonaron campanas. Tenía perfecto sentido. Ojalá alguien me lo hubiera mencionado antes".
Ese otro que está en mí, que soy y no soy yo, que lo vivo y que me vive, es lo que quiero llamar ahora el alma. En cierta manera, al ser un otro, mi alma puede serme algo lejano, desconocido, desconcertante. En el mandato socrático "conócete a ti mismo" se encuentra ya esta distinción extraña entre lo que uno es y lo que desconoce que en verdad es. Como si una duplicidad algo esquizofrénica fuera la característica de la naturaleza humana. ¿Cómo puedo desconocer lo que soy? ¿Cómo es posible que ignore mi propio ser con el que convivo sin tregua día a día? Y, extrañamente, mi alma, lo que no conozco, tiene mayor autenticidad, es más real y se aproxima mejor a lo que soy que todo aquello que yo pienso de mi mismo.
Incluso puede decirse que, como en el caso de San Agustín, la confusión respecto a quién soy y a cuáles son mis motivos para actuar, puede dominarme de tal modo que yo sea, lejos de mi alma, un extraño para mí propio ser. Enajenado es el término apropiado. ¿Es posible que, sin saberlo, sea ajeno de mí mismo? Que mientras hablo, río y me afano no sea yo mismo y que una parte de mí permanezca oculta tras la máscara de mi persona, y que esto que no logro encarnar sea la parte más esencial, más autentica, mi alma. Eso dicen los versos de Thomas Browne: "Vive un hombre en mi interior que es contrario a mi vivir". Y también esos versos de Octavio Paz:
"De una máscara a otra Hay siempre un Yo penúltimo que pide. Y me hundo en mí mismo y no me toco".
06 septiembre, 2008
Vargas Llosa: ''No soy un pájaro tropical''

"La voluntad y la fortuna", lo nuevo de Fuentes

03 septiembre, 2008
¡Tu carné ya fue!
Gabo "sufre como perro" por el mal periodismo

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