25 octubre, 2011

Palma en El Dominical

El suplemento El Dominical (que parece poco a poco recuperar los temas literarios) en su última edición hace un homenaje al autor de Tradiciones peruanas, don Ricardo Palma, por conmemorarse en este mes un año más de su fallecimiento (6 de octubre de 1919). Y sobre aquel suceso, la prensa informó así el 9 de octubre de 1919:

La sociedad de Lima, representada por sus más connotados elementos, ha rendido, desde que se tuvo la noticia del fallecimiento hasta la mañana de ayer en que se celebraron los funerales, el debido homenaje de admiración y de sentimiento por la desaparición del eminente literato, don Ricardo Palma, deplorando así, el hondo vacío que su falta representa para las letras nacionales.

En la noche del martes, conforme al ceremonial que oportunamente publicamos, se trasladó el cadáver de la casa mortuoria, en el balneario de Miraflores, a la iglesia de La Merced, donde debían celebrarse, en la mañana de ayer, los funerales con honores correspondientes a ministro de Estado, que el gobierno había decretado.

A las 10 de la mañana, se dio principio a la ceremonia religiosa por la comunidad mercedaria, presidida por su superior, el padre Guillén. El cadáver había sido colocado en un severo y sencillo catafalco, el cual se encontraba rodeado de una innumerable cantidad de aparatos florales; hacían guardia soldados de la sección de infantería de la Escuela Militar. Se cantó una solemne misa fúnebre, con una orquesta compuesta de más de cincuenta profesores y dirigida por el señor Mafezzoli […]. Presidía el duelo, el doctor Clemente Palma, hijo del ilustre tradicionista y director del diario La Crónica […]. Terminados los oficios religiosos, fue sacado el ataúd para colocarlo de la carroza fúnebre, acompañado hasta la puerta del templo por la comunidad mercedaria.

Una numerosa concurrencia se hallaba estacionada delante del templo para ver el desfile de esta imponente manifestación de duelo. A las inmediaciones de la iglesia, se hallaban formadas las tropas de la guarnición de Lima. Mandaba la línea el comandante Anderson, subjefe del estado mayor general del Ejército. Una vez colocado el ataúd en la carroza, se puso en movimiento el cortejo con dirección al Cementerio General. Cuatro batidores abrían la marcha. Seguía la banda de músicos de la Escuela Militar, y el carro fúnebre al pie del cual marchaba la guardia de honor con el pabellón nacional enlutado.

Un carrito especial, lleno de aparatos florales, iba en seguida. A continuación marchaba el coche de Gobierno, en el que iba el jefe de los edecanes, comandante César Landázuri, y los hijos del ilustre extinto, doctores, Clemente Palma y Ricardo Palma, quienes arrastraban el duelo. Seguía el coche en el que iban el presidente de la Asamblea Nacional y el presidente de la Cámara de Diputados […].

El doctor Javier Prado, senador por Lima, a nombre de la asamblea dijo:

“Señores:

La más alta personalidad de las letras nacionales se ha desprendido de sus terrenas vestiduras para entrar en el reino de la inmortalidad, e irradiar eternamente sobre su patria, gloria imperecedera. El Perú entero, con intenso recogimiento, se inclina conmovido, ante la majestad de esa gloria […]”. El señor Luis Fernán Cisneros, a nombre de los escritores nacionales dijo lo siguiente:

“Pensé venir aquí, al pie de este ataúd, sin más representación que la de mi propia insignificancia, confundido mi silencio en el silencio emocionado del cortejo, uno más en el homenaje que los anónimos rinden a la gloria, uno más en la tristeza, en el decaimiento y en la resignación ante lo irreparable. […]. Acudimos todos no a una presentación social, ni siquiera a una convocatoria de literatos, artistas o profesionales: acudimos los peruanos a un llamamiento del espíritu […]. Sentimos gran dolor al pronunciar este adiós irreparable al maestro anciano, pero nos asiste la convicción de que percibimos, al despedirlo, el ruido de alegría con que se abren las puertas inmortales. Aquí estamos los peruanos con la congoja de saber que se pierde a lo lejos la vida de don Ricardo Palma, pero aquí estamos también con el orgullo de pregonar que el muerto, así tocado desde el ataúd por la gloria, es nuestro y solo nuestro ante la humanidad. […]”.

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